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EL MEJOR CURSO

PRESCRIPCIÓN FACULTATIVA

PRESCRIPCIÓN FACULTATIVA

Por prescripción facultativa e interés general se cancela esta publicación, PORQUE nos pasamos a:

http://proyectointegrado0809.blogspot.com/

(Si cuando pinchas no sale nada, prueba a escribir la dirección, teniendo en cuenta que detrás de la o de "intergrado" viene "0809" con números)

¡Ojalá que todas las personas dejaran que se las quisiera!

  

 

 

 

 

¡Ojalá que fuésemos derrochones, dilapidadores, manirrotos en los cariños!
¡Ojalá que pudiéramos dejar todos los prejuicios y supiéramos
ya que la sonrisa es el mejor cosmético, que el humor debería regalarse en las farmacias, que la vida tiene más sentido si hacemos felices a los demás!

¡Os deseo unas maravillosas Nevidades toda la vida!

FELIZ NAVIDAD

DON JUAN

DON JUAN

Se admiten comentarios sobre la obra.

A ver.

Sniff

Sniff

Dos vídeos sobre el siglo XIX

Dos vídeos sobre el siglo XIX

http://es.youtube.com/watch?v=3pFMvfE9Wgo
 
http://es.youtube.com/watch?v=gXTJhTSmZ0M

 

PARA PLANTILLA Y MODO DE PRESENTACIÓN DE TRABAJOS ESCOLARES VER:

http://www.juntadeandalucia.es/averroes/centros-tic/41006948/helvia/sitio/index.cgi?wid_seccion=8&wid_item=24

 

 

Don Álvaro y don Juan Tenorio

Don Álvaro y don Juan viven aventuras similares: ambos aman a una joven a quien pretenden raptar. Sin embargo, la intención de vivir con ellas su amor se frustra finalmente; los protagonistas se ven obligados a alejarse de sus amadas, con las que solo se reencontrarán en el momento de la muerte. A pesar del parecido de sus aventuras, su carácter y su suerte son totalmente opuestos. Don Álvaro es un creyente que, debido a su contrario sino, acaba por condenarse tras perseguir un amor que resulta imposible. Don Juan, sin embargo, es rebelde y pecador; evita siempre la desgracia, y su amor, lejos de arrastrarle al pecado del suicidio, lo conduce a la salvación. Don Álvaro y don Juan manifiestan dos maneras románticas diferentes de entender el mundo. El duque de Rivas observa la existencia como un absurdo en el que ni siquiera la fe es capaz de asistir al hombre, y Zorrilla ordena la vida humana bajo la figura de Dios y del sentimiento amoroso.

Ángel de Saavedra, duque de Rivas (Córdoba 1791- Madrid 1865), sufrió persecución por sus ideas liberales y tuvo que exiliarse a Londres, donde entró en contacto con la poesía romántica inglesa. Tras su regreso a España evolucionó hacia posturas conservadoras, desarrollando una importante actividad política, llegó a ser ministro y director de la Real Academia Española. El estreno de Don Álvaro o la fuerza del sino en 1835 marca el triunfo del Romanticismo en España.

La obra rompe con las reglas neoclásicas y ejemplifica el prototipo del drama romántico: la acción se desarrolla en Italia y en España, pasan varios años, mezcla lo trágico con lo cómico, combina la prosa con el verso, tiene cinco actos; el protagonista encarna al héroe romántico, víctima del destino y rechazado por la sociedad; hay escenas sobrecogedoras; y su estilo retórico transmite vehemencia y apasionamiento.

 

ARGUMENTO DE Don Álvaro o la fuerza del sino

Este drama, estructurado en cinco jornadas, está ambientado en el siglo XVIII. Don Álvaro, el protagonista, es un rico indiano de origen misterioso, que mata sin querer al marqués de Calatrava, padre de su amada doña Leonor, cuando intentaba fugarse con ella. Don Álvaro huye a Italia, y hasta allí es perseguido por don Carlos, hermano de doña Leonor; Don Álvaro lo mata, a su vez, en un duelo. Don Álvaro regresa arrepentido a España e ingresa en un convento que, casualmente, está cercano a la gruta donde vive Leonor convertida en penitente. Otro hermano de Leonor, don Alfonso, descubre a don Álvaro. Ambos se baten en duelo y don Alfonso es herido de muerte. Don Álvaro pide ayuda al penitente y descubre que éste es Leonor. Su hermano, moribundo, reconoce a Leonor y, creyendo que ésta había vuelto con don Álvaro, la mata. Finalmente, el protagonista, desesperado, se suicida.

 

José Zorrilla (Valladolid 1817 - Madrid 1889). Fue hijo de un hombre de carácter fuerte y conservador, que tuvo cargos políticos durante el reinado de Fernando VII. Por deseo de su familia empezó a estudiar Leyes en Toledo y Valladolid. Abandonó definitivamente sus estudios para dedicarse a la literatura, a la que se había aficionado desde muy joven (admiraba a autores como Walter Scott, F.Cooper, Chateubriand, Dumas, Victor Hugo, Rivas o Espronceda). Se traslada a Madrid donde lleva una vida bohemia y se consagra como poeta en 1837 en el entierro de Larra, donde recita un poema que le granjeará la amistad de Espronceda. A partir de ese momento el éxito le acompañó siempre, aunque, gran dilapidador, siempre vivió con estrecheces económicas. Tras años de intensa producción y de éxitos, se ausenta de España a causa de su fracaso matrimonial y de las deudas que había contraído y, se establece en París y Londres. Posteriormente viajará a México y a Cuba. A su regreso a España, en 1866, a la muerte de su mujer, se le recibirá con grandes honores, e ingresará en la Real Academia, pero su momento literario ya había pasado. Se casa de nuevo, prosiguen sus apuros económicos. Murió en Madrid en 1893, tras una intervención quirúrgica para extraerle un tumor cerebral. Su entierro fue un gran homenaje de admiración.

 

Representante de la vertiente tradicionalista del Romanticismo español, escribió principalmente poesía y teatro. Destacan sus leyendas en verso: Margarita la tornera, A buen juez, mejor testigo y especialmente sus dramas románticos: Don Juan Tenorio y Traidor, inconfeso y mártir.

 

ARGUMENTO de Don Juan Tenorio de José Zorrilla.

En una taberna de Sevilla, corre el año de 1545, don Juan Tenorio y don Luis Mejía se reúnen para comparar, entre otras tropelías, el número de mujeres que han seducido: gana don Juan; pero don Luis le dice que no ha conseguido todavía a una novicia en su convento. Don Juan acepta la sugerencia, y añade que también seducirá a la mujer con quien don Luis va a casarse al día siguiente, doña Ana. Han sido testigos de esta conversación el padre de don Juan y el comendador don Gonzalo, padre de doña Inés, con quien se había de casar don Juan. Ofendido por las palabras de éste, el Comendador decide dejar a su hija encerrada en el convento donde estaba, así como anular el compromiso de matrimonio. Don Juan, sobornando a las respectivas dueñas, consigue a las damas: con doña Ana, se hace pasar, en la noche, por don Luis; y a doña Inés la rapta del convento y se la lleva a una finca junto al Guadalquivir. Mientras le declara su amor a doña Inés, de quien se ha enamorado sinceramente, llegan don Luis y el Comendador, a los que desafía y mata don Juan, que se ve forzado a huir ("de mis pasos en la tierra/ responda el cielo, no yo."). Cinco años después, don Juan regresa a su hogar, al que su padre ha convertido en panteón para sus víctimas. La estatua de doña Inés, que murió de dolor cobra vida, y le dice que su propia suerte para la eternidad está unida a la de don Juan, por lo que le invita a arrepentirse. Sin embargo, con fanfarronería, don Juan invita a cenar, junto a unos amigos, a los muertos, especialmente al Comendador. En la cena, en efecto, aparece la estatua de éste, le anuncia que morirá al día siguiente, y le invita a cenar en su tumba. Cuando don Juan llega a la noche siguiente al panteón, la tumba se convierte, en efecto, en mesa de festín macabro, y hay todo un desfile de espectros. Finalmente, persuadido por doña Inés, don Juan proclama su arrepentimiento, de este modo podrá subir al cielo con su amada ("Misterio es que en comprensión/ no cabe de criatura:/ y sólo vida más pura/ los justos comprenderán/ que el amor salvó a don Juan/ al pie de la sepultura.")

Escrita en 21 días, cuando contaba el autor 26 años, la obra fue un fracaso en su estreno (1844) y la crítica no fue muy comprensiva con ella. Sin embargo, con el tiempo alcanzó el éxito popular. En su composición se inspira Zorrilla en El burlador de Sevilla de Tirso de Molina y, especialmente, en la obra de Antonio Zamora No hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague. Sin embargo, el Tenorio de Zorrilla ha quedado como obra más representativa del mito de Don Juan a nivel popular

 

LEYENDAS DE BÉCQUER

 

El Monte de las Ánimas


La noche de difuntos me despertó, a no sé qué hora, el doble de las campanas; su tañido monótono y eterno me trajo a las mientes esta tradición que oí hace poco en Soria.

Intenté dormir de nuevo; ¡imposible! Una vez aguijoneada, la imaginación es un caballo que se desboca, y al que no sirve tirarle de la rienda. Por pasar el rato, me decidí a escribirla, como, en efecto, lo hice.

Yo no la oí en el mismo lugar en que acaeció, y la he escrito volviendo algunas veces la cabeza, con miedo cuando sentía crujir los cristales de mi balcón, estremecidos por el aire frío de la noche.

Sea de ello lo que quiera, ahí va, como el caballo de copas.

 

- I -

-Atad los perros; haced la señal con las trompas para que se reúnan los cazadores, y demos la vuelta a la ciudad. La noche se acerca, es día de Todos los Santos y estamos en el Monte de las Ánimas.

-¡Tan pronto!

-A ser otro día no dejara yo de concluir con ese rebaño de lobos que las nieves del Moncayo han arrojado de sus madrigueras; pero hoy es imposible. Dentro de poco sonará la oración en los Templarios, y las ánimas de los difuntos comenzarán a tañer su campana en la capilla del monte.

-¡En esa capilla ruinosa! ¡Bah! ¿Quieres asustarme?

-No, hermosa prima; tú ignoras cuanto sucede en este país, porque aún no hace un año que has venido a él desde muy lejos. Refrena tu yegua; yo también pondré la mía al paso, y mientras dure el camino te contaré la historia.

Los pajes se reunieron en alegres y bulliciosos grupos; los condes de Borges y de Alcudiel montaron en sus magníficos caballos, y todos juntos siguieron a sus hijos Beatriz y Alonso, que precedían la comitiva a bastante distancia.

Mientras duraba el camino, Alonso narró en estos términos la prometida historia:

«Ese monte que hoy llaman de las Ánimas pertenecía a los Templarios, cuyo convento ves allí, a la margen del río. Los Templarios eran guerreros y religiosos a la vez. Conquistada Soria a los árabes, el rey los hizo venir de lejanas tierras para defender la ciudad por la parte del puente, haciendo en ello notable agravio a sus nobles de Castilla, que así hubieran sabido solos defenderla como solos la conquistaron.

»Entre los caballeros de la nueva y poderosa orden y los hidalgos de la ciudad fermentó por algunos años, y estalló al fin, un odio profundo. Los primeros tenían acotado ese monte, donde reservaban caza abundante para satisfacer sus necesidades y contribuir a sus placeres; los segundos determinaron organizar una gran batida en el coto, a pesar de las severas prohibiciones de los clérigos con espuelas, como llamaban a sus enemigos.

»Cundió la voz del reto, y nada fue parte a detener a los unos en su manía de cazar y a los otros en su empeño de estorbarlo. La proyectada expedición se llevó a cabo. No se acordaron de ella las fieras; antes la tendrían presente tantas madres como arrastraron sendos lutos por sus hijos. Aquello no fue una cacería, fue una batalla espantosa: el monte quedó sembrado de cadáveres; los lobos, a quienes se quiso exterminar, tuvieron un sangriento festín. Por último, intervino la autoridad del rey; el monte, maldita ocasión de tantas desgracias, se declaró abandonado, y la capilla de los religiosos, situada en el mismo monte, y en cuyo atrio se enterraron juntos amigos y enemigos, comenzó a arruinarse.

»Desde entonces dicen que, cuando llega la noche de Difuntos, se oye doblar sola la campana de la capilla, y que las ánimas de los muertos, envueltas en jirones de sus sudarios, corren como en una cacería fantástica por entre las breñas y los zarzales. Los ciervos braman espantados, los lobos aúllan, las culebras dan horrorosos silbidos, y al otro día se han visto impresas en la nieve las huellas de los descarnados pies de los esqueletos. Por eso en Soria le llamamos el Monte de las Ánimas, y por eso he querido salir de él antes que cierre la noche».

La relación de Alonso concluyó justamente cuando los dos jóvenes llegaban al extremo del puente que da paso a la ciudad por aquel lado. Allí esperaron al resto de la comitiva, la cual, después de incorporársele los dos jinetes, se perdió por entre las estrechas y oscuras calles de Soria.



- II -

Los servidores acababan de levantar los manteles; la alta chimenea gótica del palacio de los condes de Alcudiel despedía un vivo resplandor, iluminando algunos grupos de damas y caballeros que alrededor de la lumbre conversaban familiarmente, y el viento azotaba los emplomados vidrios de las ojivas del salón.

Sólo dos personas parecían ajenas a la conversación general: Beatriz y Alonso. Beatriz seguía con los ojos, absortos en un vago pensamiento, los caprichos de la llama. Alonso miraba el reflejo de la hoguera chispear en las azules pupilas de Beatriz.

Ambos guardaban hacía rato un profundo silencio.

Las dueñas referían, a propósito de la noche de Difuntos, cuentos tenebrosos en que los espectros y los aparecidos representaban el principal papel, y las campanas de las iglesias de Soria doblaban a lo lejos con un tañido monótono y triste.

-Hermosa prima -exclamó al fin Alonso rompiendo el largo silencio en que se encontraban-: pronto vamos a separarnos, tal vez para siempre; las áridas llanuras de Castilla, sus costumbres toscas y guerreras, sus hábitos sencillos y patriarcales sé que no te gustan; te he oído suspirar varias veces, acaso por algún galán de tu lejano señorío.

Beatriz hizo un gesto de fría indiferencia; todo su carácter de mujer se reveló en aquella desdeñosa contracción de sus delgados labios.

-Tal vez por la pompa de la corte francesa, donde hasta aquí has vivido -se apresuró a añadir el joven-. De un modo o de otro, presiento que no tardaré en perderte... Al separarnos, quisiera que llevases una memoria mía... ¿Te acuerdas cuando fuimos al templo a dar gracias a Dios por haberte devuelto la salud que viniste a buscar a esta tierra? El joyel que sujetaba la pluma de mi gorra cautivó tu atención. ¡Qué hermoso estaría sujetando un velo sobre tu oscura cabellera! Ya ha prendido el de una desposada: mi padre se lo regaló a la que me dio el ser, y ella lo llevó al altar... ¿Lo quieres?

-No sé en el tuyo -contestó la hermosa-, pero en mi país, una prenda recibida compromete la voluntad. Sólo en un día de ceremonia debe aceptarse un presente de manos de un deudo..., que aún puede ir a Roma sin volver con las manos vacías.

El acento helado con que Beatriz pronunció estas palabras turbó un momento al joven, que después de serenarse dijo con tristeza:

-Lo sé prima; pero hoy se celebran Todos los Santos, y el tuyo entre todos; hoy es día de ceremonias y presentes. ¿Quieres aceptar el mío?

Beatriz se mordió ligeramente los labios y extendió la mano para tomar la joya, sin añadir una palabra.

Los dos jóvenes volvieron a quedarse en silencio, y volviose a oír la cascada voz de las viejas que hablaban de brujas y de trasgos, y el zumbido del aire que hacía crujir los vidrios de las ojivas, y el triste y monótono doblar de las campanas.

Al cabo de algunos minutos, el interrumpido diálogo tornó a anudarse de este modo:

-Y antes de que concluya el día de Todos los Santos, en que así como el tuyo se celebra el mío, y puedes, sin atar tu voluntad, dejarme un recuerdo, ¿no lo harás? -dijo él, clavando una mirada en la de su prima, que brilló como un relámpago, iluminada por un pensamiento diabólico.

-¿Por qué no? -exclamó ésta, llevándose la mano al hombro derecho como para buscar alguna cosa entre los pliegues de su ancha manga de terciopelo bordado de oro... Después, con una infantil expresión de sentimiento, añadió:

-¿Te acuerdas de la banda azul que llevé hoy a la cacería, y que por no sé qué emblema de su color me dijiste que era la divisa de tu alma?

-Sí.

-Pues... ¡se ha perdido! Se ha perdido, y pensaba dejártela como un recuerdo.

-¡Se ha perdido! ¿Y dónde? -preguntó Alonso, incorporándose de su asiento y con una indescriptible expresión de temor y esperanza.

-No sé...; en el monte acaso.

-¡En el Monte de las Ánimas -murmuró palideciendo y dejándose caer sobre el sitial-, ¡en el Monte de las Ánimas!

Luego prosiguió con voz entrecortada y sorda:

-Tú lo sabes, porque lo habrás oído mil veces; en la ciudad, en toda Castilla me llaman el rey de los cazadores. No habiendo aún podido probar mis fuerzas en los combates, como mis ascendientes, he llevado a esta diversión imagen de la guerra todos los bríos de mi juventud, todo el ardor hereditario en mi raza. La alfombra que pisan tus pies son despojos de fieras que he muerto por mi mano. Yo conozco sus guaridas y sus costumbres; y he combatido con ellas de día y de noche, a pie y a caballo, solo y en batida, y nadie dirá que me ha visto huir el peligro en ninguna ocasión. Otra noche volaría por esa banda, y volaría gozoso como a una fiesta; esta noche..., esta noche, ¿a qué ocultarlo?, tengo miedo. ¿Oyes? Las campanas doblan, la oración ha sonado en San Juan del Duero, las ánimas del monte comenzarán ahora a levantar sus amarillentos cráneos de entre las malezas que cubren sus fosas...; ¡las ánimas!, cuya sola vista puede helar de horror la sangre del más valiente, tornar sus cabellos blancos o arrebatarle en el torbellino de su fantástica carrera como una hoja que arrastra el viento, sin que se sepa adónde.

Mientras el joven hablaba, una sonrisa imperceptible se dibujó en los labios de Beatriz, que cuando hubo concluido exclamó, con un tono indiferente y mientras atizaba el fuego del hogar, donde saltaba y crujía la leña arrojando chispas de mil colores:

-¡Oh! Eso de ningún modo. ¡Qué locura! ¡Ir ahora al monte por semejante friolera! ¡Una noche tan oscura, noche de Difuntos, y cuajado el camino de lobos!

Al decir esta última frase, la recargó de un modo tan especial, que Alonso no pudo menos de comprender toda su amarga ironía; movido como por un resorte, se puso de pie, se pasó la mano por la frente, como para arrancarse el miedo que estaba en su cabeza, y no en su corazón, y con voz firme exclamó, dirigiéndose a la hermosa, que estaba aún inclinada sobre el hogar entreteniéndose en revolver el fuego:

-¡Adiós Beatriz, adiós! Hasta... pronto.

-¡Alonso, Alonso! -dijo ésta, volviéndose con rapidez; pero cuando quiso, o aparentó querer, detenerle, el joven había desaparecido.

A los pocos minutos se oyó el rumor de un caballo que se alejaba al galope. La hermosa, con una radiante expresión de orgullo satisfecho, que coloreó sus mejillas, prestó atento oído a aquel rumor, que se debilitaba, que se perdía, que se desvaneció por último.

Las viejas, en tanto, continuaban en sus cuentos de ánimas aparecidas; el aire zumbaba en los vidrios del balcón, y las campanas de la ciudad doblaban a lo lejos.



- III -

Había pasado una hora, dos, tres; la media roche estaba a punto de sonar, y Beatriz se retiró a su oratorio. Alonso no volvía, no volvía, cuando en menos de una hora pudiera haberlo hecho.

-¡Habrá tenido miedo! -exclamó la joven cerrando su libro de oraciones y encaminándose a su lecho, después de haber intentado inútilmente murmurar algunos de los rezos que la iglesia consagra en el día de Difuntos a los que ya no existen.

Después de haber apagado la lámpara y cruzado las dobles cortinas de seda, se durmió; se durmió con un sueño inquieto, ligero, nervioso.

Las doce sonaron en el reloj del Postigo. Beatriz oyó entre sueños las vibraciones de la campana, lentas, sordas, tristísimas, y entreabrió los ojos. Creía haber oído, a par de ellas, pronunciar su nombre; pero lejos, muy lejos, y por una voz apagada y doliente. El viento gemía en los vidrios de la ventana.

-Será el viento -dijo; y poniéndose la mano sobre el corazón procuró tranquilizarse. Pero su corazón latía cada vez con más violencia. Las puertas de alerce del oratorio habían crujido sobre sus goznes, con un chirrido agudo prolongado y estridente.

Primero unas y luego las otras más cercanas, todas las puertas que daban paso a su habitación iban sonando por su orden; éstas con un ruido sordo y suave; aquéllas con un lamento largo y crispador. Después, silencio; un silencio lleno de rumores extraños, el silencio de la media noche, con un murmullo monótono de agua distante; lejanos ladridos de perros, voces confusas, palabras ininteligibles; ecos de pasos que van y vienen, crujir de ropas que se arrastran, suspiros que se ahogan, respiraciones fatigosas que casi no se sienten, estremecimientos involuntarios que anuncian la presencia de algo que no se ve y cuya aproximación se nota, no obstante, en la oscuridad.

Beatriz, inmóvil, temblorosa, adelantó la cabeza fuera de las cortinillas y escuchó un momento. Oía mil ruidos diversos; se pasaba la mano por la frente, tornaba a escuchar; nada, silencio.

Veía, con esa fosforescencia de la pupila en las crisis nerviosas, como bultos que se movían en todas direcciones; y cuando, dilatándose, las fijaba en un punto, nada; oscuridad, las sombras impenetrables.

-¡Bah! -exclamó, yendo a recostar su hermosa cabeza sobre la almohada, de raso azul, del lecho-. ¿Soy yo tan miedosa como estas pobres gentes, cuyo corazón palpita de terror bajo una armadura, al oír una conseja de aparecidos?

Y cerrando los ojos intentó dormir...; pero en vano había hecho un esfuerzo sobre sí misma. Pronto volvió a incorporarse, más pálida, más inquieta, más aterrada. Ya no era una ilusión: las colgaduras de brocado de la puerta habían rozado al separarse y unas pisadas lentas sonaban sobre la alfombra; el rumor de aquellas pisadas era sordo, casi imperceptible, pero continuado, y a su compás se oía crujir una cosa como madera o hueso. Y se acercaban, se acercaban, y se movió el reclinatorio que estaba a la orilla de su lecho. Beatriz lanzó un grito agudo, y arrebujándose en la ropa que la cubría escondió la cabeza y contuvo el aliento.

El aire azotaba los vidrios del balcón; el agua de la fuente lejana caía y caía con un rumor eterno y monótono; los ladridos de los perros se dilataban en las ráfagas del aire, y las campanas de la ciudad de Soria, unas cerca, otras distantes, doblaban tristemente por las ánimas de los difuntos.

Así pasó una hora, dos, la noche, un siglo, porque la noche aquella pareció eterna a Beatriz. Al fin despuntó la aurora; vuelta de su temor, entreabrió los ojos a los primeros rayos de la luz. Después de una noche de insomnio y de terrores, ¡es tan hermosa la luz clara y blanca del día! Separó las cortinas de seda del lecho, y ya se disponía a reírse de sus temores pasados cuando de repente un sudor frío cubrió su cuerpo, sus ojos se desencajaron y una palidez mortal decoloró sus mejillas: sobre el reclinatorio había visto, sangrienta y desgarrada, la banda azul que perdiera en el monte, la banda azul que fue a buscar Alonso.

Cuando sus servidores llegaron despavoridos a noticiarle la muerte del primogénito de Alcudiel, que a la mañana había aparecido devorado por los lobos entre las malezas del Monte de las Ánimas, la encontraron inmóvil, crispada, asida con ambas manos a una de las columnas de ébano del lecho, desencajados los ojos, entreabierta la boca, blancos los labios, rígidos los miembros: muerta, ¡muerta de horror!



- IV -

Dicen que después de acaecido este suceso un cazador extraviado que pasó la noche de difuntos sin poder salir del Monte de las Ánimas y que al otro día, antes de morir, pudo contar lo que viera, refirió cosas horribles. Entre otras, asegura que vio a los esqueletos de los antiguos Templarios y de los nobles de Soria enterrados en el atrio de la capilla, levantarse al punto de la oración con un estrépito horrible, y caballeros sobre osamentas de corceles perseguir como a una fiera a una mujer hermosa, pálida y desmelenada que, con los pies desnudos y sangrientos y arrojando gritos de horror, daba vueltas alrededor de la tumba de Alonso.